El Juicio a Meta. Los Facebook Papers como «cosas confusas»

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Una filtración de 2021 y un acuerdo judicial de 16.700 millones de dólares en 2026 confirman lo que Daniel Cabrera diagnosticó: estas tecnologías no son confusas por error, son confusas por diseño.

Por Sergio F. Romero Chamorro – sergiofromerochamorro.substack.com

Uno desliza el pulgar por la pantalla y aparece una foto, después un video, después un comentario. El gesto es tan pequeño y repetido que ya ni lo pensamos. Ahí, exactamente ahí, empieza el problema que el filósofo argentino radicado en Zaragoza Daniel Cabrera puso en el centro de su libro Cosas confusas. Comprender las tecnologías y la comunicación. (2019). Las tecnologías contemporáneas son, literalmente, cosas confusas —entidades que mezclan lo corporal y lo espiritual, lo concreto y lo virtual—.

«Las tecnologías son artificios convertidos en naturaleza para la sociedad, objetos materiales y entorno cultural, continentes que transportan y contenidos transportados. Las tecnologías se presentan inevitables para la vida humana actual y, sobre todo, como cosas confusas que deben ser utilizadas y cuyos usos concretos no se sabe adónde conducen.»

El tema es que esa confusión, que señala Daniel, no es un defecto de diseño. Es la estrategia.

Él lo explica con un ejemplo que ya es casi un clásico de la crítica de la técnica. Los frenos de un auto antiguo eran, en algún sentido, transparentes. Uno pisaba el pedal, y un cable o un sistema hidráulico transmitía la fuerza. Unas pastillas apretaban el disco y el auto frenaba. Con algo de paciencia y esfuerzo, podíamos seguir el proceso con la mirada. En cambio, los frenos electrónicos de hoy —el brake-by-wire— rompieron esa cadena. El pedal activa un sensor, el sensor le habla a una computadora, la computadora decide. El gesto del cuerpo sigue siendo el mismo pero, lo que desapareció, es la posibilidad de imaginarse el cómo se hace.

Las redes sociales funcionan con la misma lógica, llevada a una escala mucho más íntima. Cuanto más simple, más «intuitiva», más parecida a hablar con un amigo se vuelve la interfaz, más sofisticado —y más oculto— es el sistema que decide qué vemos, cuándo lo vemos y por qué lo seguimos viendo. Esa es, para Daniel, la trampa de fondo. La confusión no aparece a pesar de la simplicidad de la interfaz, sino gracias a ella. Ni hablar si la interfaz habla… Pero por hoy dejamos ese tema.

En 2021 esa tesis, que hasta entonces era sobre todo un argumento filosófico, se convirtió en documento probatorio. Frances Haugen, que había trabajado en el equipo de integridad cívica de Facebook, salió de la empresa con miles de páginas de investigaciones internas y se las entregó a The Wall Street Journal. El diario las publicó bajo el título The Facebook Files, y meses después, un consorcio de medios amplió la filtración y la bautizó con el nombre con que se los conoció internacionalmente, los Facebook Papers. El 4 de octubre de ese año, Haugen se sentó frente al Senado de Estados Unidos y contó lo que los documentos mostraban. Afirmó que la propia compañía sabía, por los estudios que había realizado, que Instagram hacía sentir peor a las adolescentes respecto de su cuerpo. Sabía, además, qué cambios concretos podían volver la plataforma más segura. Y decidió no hacerlos.

Pero los Papers no se detenían en las adolescentes. Mostraban también que ese mismo mecanismo de amplificación —privilegiar lo que genera más reacción— había contribuido a la circulación de discursos de odio en Myanmar y en Etiopía, en la antesala de episodios de violencia comunitaria que la propia ONU llegó a documentar. Y mostraban, sobre todo, un patrón: cada vez que un escándalo rozaba a Facebook, la respuesta no era rediseñar los algoritmos, sino gestionar la percepción pública de la empresa. Unas semanas después de la audiencia de Haugen, en octubre de 2021, Facebook cambió su razón social a Meta. La propia Haugen lo calificó, en su momento, de intento de correr el foco antes que de una transformación real de la lógica de la plataforma.

Y ahí está el punto exacto donde el diagnóstico de Daniel Cabrera deja de ser una metáfora. El cambio de algoritmos que la propia empresa había introducido en 2018 —privilegiar el contenido que generaba más reacciones, más comentarios, más enojo— es un brake-by-wire casi literal. El gesto del usuario —deslizar, tocar, quedarse mirando un segundo de más— sigue siendo idéntico, pero la cadena que lo conecta con lo que aparece en la pantalla siguió siendo invisible. Lo que Haugen sacó a la luz fue la prueba de que esa opacidad se sostenía a pesar de conocerse sus efectos, puertas adentro.

Hasta hace poco, hablar de la relación entre orden algorítmico y sociedad era, sobre todo, un ejercicio de especulación teórica. Hoy esta discusión llegó a los tribunales. El 18 de agosto de 2026 empezó en Oakland, California, un juicio federal contra Meta impulsado por una coalición de veintinueve fiscalías estatales, encabezada por California y codirigida por Colorado, Nueva Jersey y Kentucky que agrupa miles de demandas por diseño adictivo en menores. En su alegato de apertura, la fiscal adjunta californiana Megan O’Neill resumió el modelo de negocio de la empresa en cuatro verbos que Daniel podría haber descripto sin cambiarles una coma: enganchar a los usuarios, retenerlos el mayor tiempo posible, cosechar sus datos y, después, ocultarle la verdad al público. Enganchar es la trampa de la intuitividad. Retener y cosechar son lo que permite, precisamente, el borramiento de la causalidad. Ocultar es la política de comunicación que convierte todo lo anterior, ya no en una estrategia de diseño, sino en el motivo de una causa judicial.

El 26 de agosto —hace apenas un par de días, mientras escribo esto— Meta acordó pagar 16.700 millones de dólares para cerrar el juicio. Es el arreglo económico más grande de la historia de la compañía. Antes, en marzo, un jurado de Los Ángeles ya había hallado a Meta y a Google responsables en un juicio testigo, con una condena de seis millones de dólares. Y a principios de agosto, un juez de Nuevo México había ordenado a Meta aportar 567 millones a un fondo de reparación por daños a la seguridad infantil. Los números crecen, la cobertura mediática también. Lo que no cambió en ningún momento de esta seguidilla es la arquitectura de la interfaz: el usuario sigue sin poder representarse el cómo se hace.

Y ahí es donde vale la pena volver a Daniel Cabrera, porque su libro no se queda en el diagnóstico de la opacidad, sino que termina reclamando, — en su caso, para el pensamiento universitario—, algo que él llama praxis política frente al buenismo social —esa costumbre de resolver los problemas tecnológicos con campañas de alfabetización digital dirigidas a los usuarios, en vez de discutir el diseño mismo del artefacto—. Esto es exactamente lo que hizo la compañía cada vez que un escándalo la rozó, ofreció campañas de bienestar digital, controles parentales opcionales, botones de «tomate un descanso» que cualquiera puede ignorar. Nada de eso toca el mecanismo que Haugen documentó desde adentro. Veremos si el reciente acuerdo judicial los obliga expresamente a un rediseño —cosa que, hasta ahora, ningún arreglo económico incluyó—.

La lucha sigue. Lo que sí, debemos advertir que la defensa no puede reducirse a un problema de fuerza de voluntad individual —a «usar menos el celular», a instalarse un control de tiempo de pantalla—. Eso es, otra vez, como dice Daniel, buenismo social: le devuelve al usuario, en forma de consejo de autoayuda, un problema que es de diseño.

Que un litigio de miles de millones de dólares termine confirmando, con la fuerza de la prueba judicial, lo que un libro de filosofía de la técnica había planteado unos años antes no es un capricho de la actualidad. Es la mejor demostración posible de que la pregunta por la opacidad de nuestros artefactos no es un lujo académico. El teléfono que tenemos en la mano sigue siendo, hoy, una cosa confusa. La diferencia, ahora, es que sabemos —con nombres, fechas y una cifra de once dígitos— quién decidió que siguiera siéndolo.

Bibliografía

Cabrera, D. H. (2019). Introducción: Exploraciones sobre el significado de la técnica y la escritura. En D. H. Cabrera (Coord.), Cosas confusas: Comprender las tecnologías y la comunicación (pp. 13-29). Tirant Humanidades.