Una serie de artículos de divulgación sobre la inteligencia artificial y la larga historia de pensar con dispositivos

Hay una imagen del pensamiento que arrastramos desde hace siglos. Es la de un cerebro encerrado en su cráneo produciendo ideas como una fábrica silenciosa que no necesita nada del afuera.

Esa imagen es falsa. No pensamos solo con el cerebro. Pensamos con el cerebro y con todo el cuerpo —con las manos, al hacer; con los sentidos, en toda su variedad de percepciones—, y pensamos también con cosas, con elementos que laboriosamente fuimos desarrollando como humanidad a lo largo de nuestra existencia.

Pensamos con el ábaco, con el mapa, con el libro, con la computadora. Esas cosas no son meras ayudas externas a un pensamiento ya desarrollado. Son extensiones de nuestro cuerpo y de nuestra mente, prolongaciones a través de las cuales el pensar efectivamente sucede.

La humanidad fue inventando, a lo largo de su historia, una sucesión de objetos técnicos con los que amplió, reorganizó y transformó sus capacidades de conocer: la escritura, la matemática, la informática. El sociólogo Pierre Lévy los llamó tecnologías intelectuales. Cada uno de ellos modificó no solo lo que podíamos pensar, sino el modo mismo en que lo hacemos.

Así, la inteligencia artificial generativa de hoy no cae del cielo como una novedad sin pasado. Es el último eslabón de esa cadena larguísima de cosas con las que pensamos.

De ahí que estas crónicas proponen tratar de comprender estos objetos técnicos como extensiones desarrolladas y fabricadas por nosotros, y sus incidencias sobre nuestros modos de hacer y pensar. Ni alentar el deslumbramiento ante estos sistemas, ni el pánico ante ellos.

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